BLOG

#Somos RML- Historias de Vida: Mónica Andrade

Ene 17, 2022 | #SomosRML Historias de Vida

Profesión: Ingeniera Comercial graduada en la ESPE, Ecuador.
Ocupaciones: Consultora de Procesos en desarrollo de herramientas corporativas y Gestión de Calidad.
Emprendedora con la marca personal Bienestar y sus diferentes líneas de producto. Experta en aceites esenciales.
Valores personales: Respeto, Empatía.
Hobbies: Artesanía y manualidades, decoración y cocina.
 

“Me gusta cómo me veo y me siento”.

Tengo 42 años. Soy una persona muy introspectiva, aprendo y trato de sacar lo mejor de mí. Hace pocos años, desde los 36, siento que recién empecé a vivir mis 25, porque antes, tuve una etapa enfocada en las responsabilidades, y todas esas cosas me pusieron muy seria, sentí que perdí a la niña que había en mí. Veo fotos de cuando tenía 29, 30 y me veo mayor que ahora, me sentía mayor. Pienso que a veces nos dejamos ensimismar con el peso de la vida, con la carga de la rutina. Así que doy gracias a Dios de que pude encontrarme nuevamente con esa alegría, con esa juventud de espíritu, y a mis 42, me gusta cómo me veo y me siento, con energía e ilusiones.

Antes yo me imponía sacrificios, que tal vez no eran necesarios, me anticipaba a cosas, era muy precavida. El autocuidado era lo que yo más sacrificaba. Me tomaba la vida muy en serio y creía que todo estaba en mis manos, siempre me decía: todo sacrificio trae recompensa. Entonces, me di cuenta que, si  yo estaba mal, nada a mi alrededor iba a estar bien y se dio el cambio. Dios me ha amado tanto que, cuando entendí este amor, empecé a crecer como persona, a disfrutar mi maternidad, mi ser como mujer, como compañera de trabajo, como colega. Las cosas fluyeron.

“Yo me exigía mucho. Construí una mujer muy fuerte y muy madura para su edad”.

Yo empecé a trabajar desde los 15 años. Veía la necesidad de ayudar en mi casa, porque mi papi pasó por unas crisis un poco fuertes en su trabajo, y yo era la mayor de tres hermanos. Tuve la oportunidad de hacer pasantías en vacaciones, ganaba mi dinero y podía apoyar un poco en casa. Siempre he sido muy independiente económicamente. En la escuela vendía esferos, borradores, lápices, así pude ahorrar para mi paseo de fin de año, en sexto curso. No me gustaba quedarme quieta. Hasta ahora, cuando encuentro algo que puede tener una oportunidad de negocio, le entro.

Mi papá soñaba que yo fuera administradora, porque él no terminó su carrera. Cuando di las pruebas de aptitud vocacional, los resultados decían yo podía ser militar, doctora o administradora. Pero yo quería ser artista, restauradora. Mi papá me dijo: “yo te doy la universidad, pero estudias Administración. Terminas esa carrera y luego estudias lo que quieras con tu dinero”. Estuve de acuerdo. El primer semestre me gané una beca y terminé la universidad becada. Mi afán era acabar esa carrera y estudiar arte. Pero, en el proceso, surgieron oportunidades laborales que me llevaron por otro camino.

A los 22 años tuve la oportunidad de ser gerente en una multinacional. Ese fue un reto enorme, pero le agradezco a Dios porque aprendí muchas cosas. Ahí empezó mi giro a lo serio, porque a esa edad yo tenía que estar en capacidad de liderar gente que me superaba en edad, con 20 o 30 años. Mi equipo era de 100 personas. Eso te forma, pero a veces, también te fractura. Tuve que dejar cosas de mi esencia y mi edad, para asumir esas responsabilidades. Tenía miedos, pero lograba hacer las cosas. Era fuerte y dura, sin embargo, siempre muy cordial. Yo me exigía mucho. De los 20 a los 30, construí una mujer muy fuerte y muy madura para su edad.

La empresa tenía un excelente plan de carrera y yo avancé muy rápido, ganaba bien, hice cursos, conocí muchos países. Subí dos niveles gerenciales y estaba calificando para gerente de distrito, cuando me topé con un jefe que creía que era la piedra en su zapato y me tocó lidiar con eso. A los 25 años tuve a mi hija, a los 27 me casé, a los 28 tuve a mi varón y a los 29 renuncié y salí a buscar oportunidades. Tuve que empezar desde cero. Ahora que veo hacia atrás, digo, ¿por qué no busqué o esperé más?, pero esa época fue tan desequilibrante y me sentí tan vulnerable sin un trabajo como el que tenía, que acepté lo primero que asomó.

Pensaba que tenía que volver a ganarme las cosas a pulso. Empecé a soportar injusticias y eso caló en mi autoestima. Aceptaba por el susto de pensar que no había opciones, estaba miope. Me decía: no quiero algo de mucha responsabilidad, quiero estar más con mis hijos, no quiero tener el éxito que tenía, porque ellos se quedarían solos. Me sentía fatal, así que estuve en algunos empleos, muy duros, muy mal recompensados, pero también hay gente linda que conocí en esa época y que hasta ahora son entrañables.

Luego de eso, encontré un trabajo en que estuve los últimos 8 años, tratando de buscar ese equilibrio, con esa balanza que una misma crea, procurando que las cosas fluyan bien.

“La pandemia me permitió dedicar el tiempo a los sueños postergados”.

En 20 años de trabajo, yo solo consideraba la seguridad financiera o económica siendo empleada, y sin embargo, mi corazón siempre me decía que yo soy emprendedora. A mediados de 2021, a mi esposo, que es militar, le dieron el pase a Cuenca y decidimos viajar todos con él. Eso me permitió hacer un cambio en mi vida y emprender. Yo soy consultora en gestión de la calidad, en procesos, tengo mucha experiencia en ese tipo de herramientas, guías de trabajo, todo lo que tiene que ver con el know how de una empresa, así que desarrollo eso para otras personas.

También tengo un producto que nació en pandemia, es una granola, un producto artesanal. Quiero formalizarlo y tener mi empresa en algún momento. Además, comparto productos de bienestar (aceites esenciales) y con eso generé mi marca Bienestar. Encontré productos espectaculares, que tienen muchos beneficios, creados por una empresa consolidada, con responsabilidad social. A mi no me gustan las ventas fingidas, vender es compartir lo que sabes que te resultó perfecto y te encanta.  Yo no vendo en red, quiero que sea una forma de vida, no soy buena para formar comunidad de consumo, no me gusta manipular a la gente y no me dejo manipular.

Por último, tengo ese lado artístico del que no me puedo desprender. Siempre me acompañan en mi cartera mis tereques, no puedo estar sin hacer algo creativo. Y ahora que hay cursos en línea, sigo varios y aprendo técnicas. La pandemia me permitió dedicar el tiempo a los sueños postergados, y en este tiempo post-pandemia que Dios me está poniendo al frente, siento que Él me dice: mira lo que encontraste, es algo que te puede ser muy útil, camina por ahí.

 “La idea de proyectos sociales que pueden generar cambios, me tiene enamorada de la RML”

Me enteré de esta iniciativa de la RML desde que nació, porque conozco a Anita Correa desde los 13 años, cuando éramos vecinas y le tengo gran cariño y admiración. En 2020, ella me invitó a unirme y acepté con gusto. Para mi era un mundo diferente encontrar un lugar donde me pudieran dar la mano, eso sí equilibra. Es un espacio que suma mucho para mí, en el sentido de que me afianza. Somos un grupo de mujeres valiosas, hay una pasión compartida en ser mejores y hacer algo por los demás, ese fue el gancho que me cautivó.

Yo sé que quiero un mundo mejor para mis hijos y quiero que con toda la experiencia mía, ellos puedan palpar, no desde la necesidad, sino desde la decisión inteligente de escoger sus caminos de vida, así que, la RML me ayuda a cumplir este objetivo grande. La idea de proyectos sociales que pueden generar cambios, eso es lo que me tiene enamorada de la RML, porque sola no se puede, pese a las capacidades que pueda tener, hay que buscar ese soporte de asociatividad y es difícil encontrar uno en el que puedas confiar y en que te sientas cómoda y libre para trabajar y expresarte. Creo que eso es lo que estamos construyendo de a poco, estamos descubriendo ese camino y si podemos dejar algo establecido para la siguiente generación será muy lindo, pero por ahora estamos siendo pioneras, buscando el camino.

A %d blogueros les gusta esto: