Colaboraciones, Lo que nadie sabe, ni yo

Lo que nadie sabe, ni yo…

Por Sofía Ortegón Braganza

Lo que nadie sabe, ni yo… es cómo terminaron llamándome en algunos lados emprendedora.

Los primeros trabajos

¿Yo emprendedora? Cuando he querido ser tantas cosas en mi vida, ¡tantas! Me recuerdo de unos 7 años más o menos, edad en la que amaba lustrar mis zapatos. Asumo que mis padres vieron conveniente mi gusto, yo les pedía los zapatos a todos en mi casa y mi padre de a poco me compraba bajo pedido todos los instrumentos que iba colocando en mi súper caja de lata de galletas (betún blanco, café y negro, cepillo suave, cepillo un poco más duro, cepillo de dientes viejo, medias de lana rotas, griffin blanco, café y negro y algodón) que delicioso olía eso, ¡en serio! solo al redactar esto me ha traído un buen recuerdo. Llegó el día, en que salí a la puerta de mi casa y, a vecino que pasaba, a vecino que le decía que si gustaba yo podría lustrar sus zapatos. Asombrados; muy pocos, accedieron, venían a dejarme sus zapatos y yo los lustraba con calma en la puerta y los devolvía impecables. A los pocos días, a mi madre ya no le pareció muy adecuado, y me prohibieron continuar. Pero supongo que ese recuerdo permanece porque seguramente fue la primera cosa que quise ser, ¡lustra botas!

Luego, como de 9 años claramente recuerdo que estaban unos trabajadores adoquinando nuestra calle. El sol era muy fuerte, denotaban su cansancio. Así que en un acto de amor al prójimo les preparé una jarra grande de limonada, y les fui sirviendo en un vaso por las rejas del patio de mi casa. ¡Tuve acogida! Se terminó de inmediato. Así que se me ocurrió horas más tarde prepararles canguil. Recuerdo la mirada de mi madre como insinuando que siga haciendo el bien. Puse en una funda grande y se pasé por la misma reja. Al siguiente día, ya con mis hermanos planeamos venderles. Ahí, ya no recuerdo la mirada de mi madre, ni  recuerdo el precio de los productos, pero ya el canguil estaba en pequeñas fundas selladas, la limonada en vasos desechables, y ya había hasta cartel! Lástima que trabajaron tan rápido, el negocio se terminó muy pronto. Pero me recuerdo pensando en que fui una amable “limonadera”, mismo el servicio podría ser lo mío.

Para mis 10 años aproximadamente, tengo mi propia imagen marchando por toda la manzana de la urbanización. Vestida según yo, de militar; seguramente conseguí quitarle a mi hermano Felipe algún disfraz de camuflaje. Lo cierto es que traía puestas unas botas que me quedaban grandes y hasta la gorra militar. Mi ceño fruncido, mi postura erguida, y mis cachetes pintados; dos líneas negras por lado. Me convencí a esa edad que mi futuro sería trabajar por mi país, combatir; a sol y sombra, e ir a la guerra. Eso de hacer ejercicio físico me duró algún tiempo. Recuerdo que mientras todos en mi casa veíamos un programa en la misma televisión, mi hermano mayor Jorge, me sostenía los pies y mis otros dos hermanos Paulina y Felipe contaban mis abdominales; 120, 121, 122…, 150…, 170… y yo aunque no lo crean ni siquiera sudaba. Miraba firme un solo punto, y sonrojada por el elevarme y descender. Estaba totalmente convencida que iba a ser una gran militar. Todo esto, hasta el conflicto armado del Cenepa. Y mis pesadillas que llegaban por la noche a llevarse a mi padre, o mi hermano Jorge a algún campamento en Tiwinza. Ahí quedó el amor por las abdominales…

No quise más volver a saber de ser militar en tiempos de guerra. Todo lo contrario, ya en colegio de monjas para mis 13 años, y amante a morir del catolicismo, hablé con mis padres sobre mi vocación a ser monja. Yo quería sentir lo que sentí en la primera convivencia eternamente. Quería ese diálogo tan cercano con el Señor como algo diario. Mi madre solo me mandó a lavar los platos diciéndome que ¡estoy loca! Mi padre, sí se lo pensó es lo que recuerdo.

A los pocos meses constataría que mi madre siempre ha tenido la razón. Yo me volvería loca, pero loca por mi primer amor…

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Sofía Ortegón Braganza es madre por decisión, empanadera de profesión, soñadora por convicción, entregada al servicio de calidad por experiencia, habla solo español pero imita muy bien varios dialectos latinoamericanos. Su mayor logro, su esfuerzo por ser excelente ser humano y contagiar de buen humor al prójimo.

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